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Engañado por la astucia y las falsas promesas de los humanos, cometió el tabú supremo de su estirpe: alzó su acero contra un hermano de sangre. Aquella noche, bajo el peso de la traición, el acero de su espada y el fulgor de sus escamas quedaron impregnados en el fluido cálido y ancestral de su propia raza dracónica. Un estigma carmesí grabado no solo en la piel, sino en el alma.
Cuando la venda del engaño cayó, no hubo espacio para el perdón. Repudiado por los suyos, marcado como fratricida y expulsado de los dominios ancestrales, cortó de raíz cualquier lazo con su linaje. Renunció a su clan, a su nombre y al orgullo que alguna vez definió a su pueblo.
Hoy, envuelto en mantos raídos para ocultar la impronta de sus alas y sus escamas, recorre las tierras olvidadas como un fantasma sin destino. Es un vagabundo sin cuna ni estirpe, cargando una hoja que aún conserva el eco silencioso de la tragedia que lo desterró para siempre.
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